La palabra que empieza por P

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Campaña "Hablamos tu idioma" de Gas Natural Fenosa.

Hace unas semanas, Gas Natural Fenosa lanzaba la siguiente campaña de publicidad bajo el lema “Hablamos tu idioma” en la que se aboga por el uso de un lenguaje claro y sencillo para dirigirse a los clientes.

El anuncio es un intento de la compañía por redimirse de la mala fama que tienen las indescifrables facturas de la luz. Que las facturas resultan incomprensibles para el común de los mortales es ya casi proverbial, así que parece una buena noticia que empresas que dan servicios fundamentales para toda la población (como son las eléctricas) se comprometan a informar a sus clientes de forma transparente y sin rodeos.  

Sin embargo, en el segundo 22 del anuncio se cuela un ejemplar lingüístico digno de ser observado: quien no puede pagar la factura de la luz está  “en situación de vulnerabilidad”. Resulta irónico como poco que una campaña de publicidad que apela a la claridad lingüística como gancho corporativo y lavado de imagen calce sin sonrojo semejante engendro. No diga “pobre”, diga “en situación de vulnerabilidad”.

La nota de prensa para presentar la campaña ahonda en esta idea y adelanta que se creará una “unidad de vulnerabilidad” dirigida a las familias que cuentan con dificultades para afrontar su factura energética” (sic). No dejen de admirar el extraño uso de la locución “contar con”. Habitualmente, las cosas con las que se cuenta son los recursos de los que uno dispone. Cuenta con mi espada, cuenta con mi arco, cuenta con mi hacha. Parece más adecuado pensar que la dificultad para pagar la factura de la luz es algo que se sufre, más que una facilidad con la que se cuenta.

Lo perverso del giro lingüístico “situación de vulnerabilidad” no es solo el eau de eufemismo que exhala, sino que además la palabra “situación” es un dardo envenenado. Tras su aspecto inocente, el término “situación” nos cuela bajo el manto de la connotación y como quien no quiere la cosa la idea subliminal de que la pobreza (perdón, la vulnerabilidad económica) es una fase transitoria en la que uno está de paso. La pobreza es el tramo de carretera mal asfaltado en la autopista de la recuperación económica, un mal momento, una mala racha, penosa sí, pero que pasará. Ser pobre y no poder pagar la factura de la luz es un hecho circunstancial, como caer en  la casilla de la posada en el juego de la oca: hemos tenido mala suerte con los dados pero solo hay que esperar un par de turnos sin jugar y podremos reincorporarnos a la partida con normalidad.

Nada nuevo bajo el sol, por otro lado. Los últimos años nos han dejado un reguero de sinónimos y circunloquios para referirse con asepsia decorosa al goteo incesante de noticias relacionadas con el empobrecimiento de la población. Los vemos cada día colarse en noticias y titulares: “situación de vulnerabilidad”, “personas en riesgo de exclusión”, “los más necesitados”. Hace apenas unos días se publicaba un informe de la OCDE sobre la satisfacción de los escolares españoles en el que se referían con el muy ambiguo “estudiantes desfavorecidos” a aquellos situados en el escalón socioeconómico más bajo. “Pobre” es la palabra que nadie quiere decir.

En el mejor de los casos, cuando se habla de pobreza se le ponen apellidos: pobreza energética, pobreza sanitaria. No parece muy arriesgado aventurar que quien no puede pagar por comida, medicamentos o luz es, simple y llanamente, pobre. No se puede ser pobre, pero solo alimentariamente hablando. En el peor de los casos, se usan extranjerismos que intentan disimular la precariedad dándole un aire de nueva moda anglosajona y visos de modernez molona. El friganismo, el coliving, el nesting, el job sharing, los minijobs. La pobreza disfrazada de tendencias de vida de urbanita. El último grito son los estampados de cuadros y tener varios trabajos pero no llegar a fin de mes.

 

La pobreza no existe, no está, no se nombra. Es un paréntesis, un mal rato, una situación de vulnerabilidad temporal. O incluso una moda millennial.  Pero si borramos el apellido, escarbamos en el eufemismo, o le quitamos el barniz cuqui, solo es eso: pobreza.

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