Adenda al ‘sologate’: sobre el argumento de la tonicidad

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Hace unos días publiqué un artículo en eldiario.es sobre la sorprendentemente polémica tilde de solo/sólo. En la conversación que surgió a raíz del artículo, leí a varios compañeros que echaban en falta el argumento de la tonicidad de las diacríticas como demostración definitiva e incontestable de que la tilde en solo sobra. Así que he decidido hacer un pequeño epílogo menos futbolero y más especializado para intentar explicar por qué el argumento de la tonicidad a mí no me acaba de convencer como explicación para saber cuándo tildar.

Pequeña puesta al día para los legos en la materia: las tildes diacríticas son aquellas que sirven para distinguir palabras que, aunque se escriben igual, tienen distinta función gramatical. Quiero té vs Te quiero un montón. Las tildes diacríticas van por libre y no se rigen por las reglas de acentuación habituales. Hay que sabérselas y punto. A los que tenemos devoción por todo aquello que es formal y predecible, las tildes diacríticas nos parecen un dolor de muelas: frente a la belleza racional, lógica e inmutable de las normas de acentuación, la excepcionalidad de las tildes diacríticas se siente como una perturbación en la Fuerza. La norma de las diacríticas establece, además (y aquí viene el meollo), que estas ingobernables tildes se usarán solamente para distinguir aquellos dobletes de palabras en los que una de las palabras sea tónica y la otra sea átona. Simplificando mucho viene a querer decir que usaremos tilde diacrítica en aquellas parejas de palabras ambiguas en las que un miembro de la pareja tenga una sílaba tónica fuerte (a la que le pondremos la tilde), frente a aquel que se pronuncie suave (que será la palabra que vaya sin tilde). Esta segunda (y menos conocida) regla de la acentuación de diacríticas es la que supuestamente justifica, por ejemplo, la tilde en mí/mi (Mi casa, suave vs Dímelo a , fuerte) y la que en principio debería servirnos para desterrar sin atisbo de duda y con plena certeza filológica la tilde en solo, puesto que solo, tanto cuando es adjetivo como cuando es adverbio, es tónico. (En Lavadora de textos hay un estupendo artículo explicando este asunto de la tonicidad).

Y aquí es donde vienen mis reservas: el argumento de la tonicidad me parece un muy buen argumento para dejarnos tranquilos a los especialistas, un argumento regulero para el hablante medio no conocedor de los entresijos filológicos y un argumento catastrófico para hablantes no del todo competentes como estudiantes de español o niños. Dentro de que en general las diacríticas me parecen cuestionables porque engordan el lado memorístico de la lengua, entiendo que no todas resultan igual de problemáticas: sospecho que la tilde en , por ejemplo, genera algo menos de dudas porque, al ser y te palabras de categorías gramaticales (y de función y propiedades combinatorias) muy diferentes, se entienden como muy distintas de forma transparente. Probablemente los propios hablantes perciben que, aunque se escriban igual, funcionalmente son muy distintas y por eso no hay dudas para distinguir cuándo es una y cuándo es otra y saber si tildar. Sin embargo, me temo que otros dobletes diacríticos como aun/aún o mas/más, dobletes en los que las dos palabras implicadas son de la misma categoría gramatical (adverbios), resultan mucho más opacos. Probando con hablantes no familiarizados con cuestiones filológicas y de manera informal (no precisamente en una sala anecoica sino en la cocina de mi casa), la noción de tonicidad les parecía bastante difusa. Sí, quizá resultaba algo más evidente cuando los ejemplos incluían la forma tónica en posición final (no ha venido aún), pero la diferencia de tonicidad entre ambas a principio o mitad de frase resultaba mucho más sutil (aún no hemos acabado vs aun así, vente mañana). Es más: es posible que, en último término, el doblete aun/aún  sea percibido como una misma palabra polisémica por no pocos hablantes, en lugar de dos adverbios distintos. En estos casos, sospecho que la estrategia general de los hablantes para saber cuándo tildar es saberse de memoria la excepción, sin reparar en entonaciones: “cuando aún equivale a todavía debe llevar tilde”, y “cuando mas equivale a pero no la lleva”. La misma estrategia mnemotécnica con la que los hablantes aborda(ba)n la tilde en solo: memoria y prueba de sustitución. Ni rastro de la noción de tonicidad en el razonamiento del hablante medio.

Quizá tengamos ahí una explicación a por qué la caída en desgracia de la tilde en solo (que a los del gremio nos parece tan razonable) ha resultado tan sorprendente e ilógica en la población general. ¡Pero nosotros, filólogos, sabemos que esa tonicidad existe! Estupendo, magnífico para nuestras observaciones lingüísticas. Pero aun ni con un millón de espectrogramas en PRAAT que demuestren esa tonicidad: si el argumento no es obvio ni transparente (o directamente ni perceptible) para los hablantes, entonces no tiene ningún sentido que forme parte de las reglas de escritura en español. Sería como exigir por exquisitez filológica que escribiésemos de forma diferente las vocales nasales en castellano, imperceptibles para el oído lego pero registrables fonéticamente.

Para más inri, el tan mentado argumento de la tonicidad ni siquiera es infalible y tiene excepciones notorias (y a mí me parece que indefendibles). Los nombres de las notas (mi, la, si) no se tildan en ningún caso, a pesar de que son sustantivos tónicos que coinciden en forma con determinantes (mi casa, la mesa, si vienes). Los nombres de las letras (la te de Toledo, la de de Dinamarca) tampoco tienen quién las tilde, a pesar de coincidir con el pronombre y la preposición. La RAE arguye que estos son casos infrecuentes y que por lo tanto tildarlos para diferenciarlos de otras formas “no resulta rentable” (sic). Extraña rentabilidad la que aumenta las excepciones y conduce a la memorización en lugar de al razonamiento.

Si la tonicidad ha dejado de ser para el común de los mortales una pista fiable para acentuar (o quizá nunca lo fue y simplemente es pura memorieta escolar lo que nos ha traído hasta aquí), merecería la pena pararse a pensar para qué sirven las tildes diacríticas y por qué seguimos usándolas. A pesar de mis convicciones antitildianas, creo que el tildismo diacrítico es un asunto que debería ser abordado con calma y no tengo claro si verdaderamente la abolición de las diacríticas supondría una mejora en la usabilidad de la ortografía o si quizá merezca la pena conservarlas, pero sospecho que estas pequeñas testarudas aún tienen mucha guerra que dar. Me gustaría pensar que, igual que ha ocurrido en la última reforma ortográfica del catalán, este es un melón que vamos a ver abrirse en los próximos años.

 

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