¿Por qué leer? o Sobre el prestigio intelectual de la lectura

Tiempo de lectura: 15 min
Sobre el prestigio de la lectura

Me asalta mi compadre @eumanismo con la siguiente cuestión sobre el prestigio de la lectura:

Después de llevar unos 10 años trabajando con literatura o textos, me pregunto: ¿por qué es importante leer? ¿por qué queremos inculcarle a los niños el hábito de la literatura y no el de ver la televisión (o el de ir a la ópera)? ¿Qué hace que la literatura sea socialmente más importante que otros medios? ¿Cómo lo justificamos?

Hace un par de años esa pregunta me obsesionó (y mi entorno cercano sufrió mi matraca sobre ello durante meses). El detonante de la pregunta era mi propia historia lectora: leí voraz y precozmente durante mi infancia y mi adolescencia, pero durante la carrera dejé de leer por placer. Durante los cinco años de vida universitaria, mis obligaciones consistieron básicamente en leer: apuntes, manuales, referencias, lecturas obligatorias. Leí mucho esos años, pero creo que no recuerdo ninguna lectura voluntaria de aquella época, aunque no fui consciente entonces. Supongo que después de pasarme horas entre libros y apuntes, lo que menos me apetecía para descansar era seguir leyendo. Para cuando terminé mis estudios, simplemente había perdido el hábito de leer por afición. Así que al salir de la carrera, dejé de leer en el sentido convencional del término. Leía artículos, periódicos, blogs (y no pocos) pero rara vez libros; alguna lectura utilitaria ocasional como ensayo o libros de viajes (y siempre motivado por un fin práctico concreto) pero ya apenas ficción y nunca como forma placentera de entretenimiento.

Me dedico a la lengua y a las humanidades, así que en esos años de sequía lectora solía encontrarme ante la pregunta: ¿Qué estás leyendo? Curiosamente (quizá por mi profesión), la gente solía dar por sentado que yo debía leer bastante y hasta me pedían recomendación. Me daba vergüenza reconocer públicamente que no leía. Algunas veces me excusaba arguyendo falta de tiempo (Es una pena porque leo poquísimo. Me gustaría leer más…), pero yo sabía muy bien que no era verdad: no leía porque no me apetecía. En mi entorno más cercano había lectores de Lo Que Debe Ser Leído, un puñado de consumidores de best sellers de temporada y una masa de amigos con los que creo que jamás he hablado de lecturas. Había también algún no lector que tenía a gala no leer. Sinceramente y en contra del estereotipo, las personas de mi entorno que declaraban abiertamente no leer no me parecían menos inteligentes que aquellas que se reconocían como lectoras. Empezó a inquietarme el porqué de esa vergüenza cuando uno reconoce que no lee o de la mirada admonitora del interlocutor si uno lo reconoce sin reparo.

Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende me retiro a otra habitación y leo un libro. La famosa cita de Groucho resume bastante bien la valoración que se hace desde no pocos ámbitos de la tele y la lectura. ¿Cualquier contenido televisivo es peor que cualquier libro?  ¿Por qué si uno dice que no lee se convierte a ojos de muchos en un cazurro sin remedio, mientras que pintar, programar, tejer o cantar, aunque puedan resultar interesantes (¿Pintas? Oh, qué bonito. Yo es que soy negado) son opcionales? ¿Por qué hay campañas estatales de promoción de la lectura pero no para que aprendamos a tocar un instrumento o a hacer cerámica? ¿Por qué leer es la actividad intelectual por excelencia, cuando otras actividades como la música o la programación requieren un grado de abstracción y concentración que es, como poco, equiparable? ¿Por qué se considera intelectualmente inferior a quien no lee? ¿Y por qué damos por bueno demasiado alegremente que en general las actividades que se desarrollan con la mente son superiores a las que se hacen con el cuerpo? Vaya por delante que considero innegociable el aprender a leer de forma competente y profunda y a escribir con precisión y claridad como herramientas imprescindibles para poder manejarse por el mundo y que a uno no le estafen. En una civilización sustentada sobre la noción de escritura (y de propiedad), leer y escribir son el mínimo necesario para sobrevivir. No es que me plantease el analfabetismo como modus vivendi. Mi inquietud se debía a la idea tan extendida de que la lectura como actividad de ocio disfruta de un prestigio intelectual incomparable y superior a cualquier otra actividad.

Planteé estas preguntas a buena parte de mi entorno y de mi gremio. Me encontré con muchas arengas en defensa apasionada de la lectura como actividad sublime para entrenar la inteligencia y la sensibilidad y como forma incuestionablemente superior para adquirir y compartir conocimiento del mundo. Pero no encontré demasiados argumentos. No conseguí dilucidar por qué leerse un libro sobre la Segunda Guerra Mundial era mejor que ver un documental con un contenido equivalente. El pensamiento crítico, el razonamiento abstracto, la capacidad analítica, la adquisición de conocimiento o la habilidad mental fueron algunas de las bondades que surgieron repetidamente como respuesta a mis preguntar. Pero si la  cuestión es adquirir información ¿por qué leer ficción de forma regular es intelectualmente superior y más prestigiado que hincharse a ver documentales? Si lo que queremos es fomentar el razonamiento abstracto y el pensamiento lógico, ¿no deberíamos hacer campañas para fomentar el estudio de las matemáticas o de la programación? ¿Conlleva verdaderamente un pensamiento más elaborado y complejo leer que interpretar fugas de Bach?  Para complicar más las cosas, determinados géneros parecían estar al margen de estas supuestas bondades: los cómics o los audiolibros parecían no contar como lectura, o en el mejor de los casos, valían menos: podían servir de sucedáneo, un sustitutivo para los recalcitrantes con intolerancia grave a lo escrito, pero no contaban del todo como lectura de verdad. La calidad del texto también levantaba polémica: para algunos, Dan Brown o la saga de Crepúsculo tenían un pase si servían para aficionar a los no lectores a los libros; para otros, era preferible no leer que leer eso. No conseguí saber si según la escala de valores de los lecturistas era preferible leer a Corín Tellado que no leer nada (aunque seamos luego unos entusiastas del ballet o de la jota aragonesa) o si leer cómics (perdón, novela gráfica) de Paco Roca puntúa más alto que devorar Cincuenta sombras de Grey.

En 2014 creí llegar a una conclusión que daba por zanjado el asunto y por aliviado mi prurito. Concluí que el origen del prestigio social de la lectura se debía a una mezcla entre tres cuestiones: formato, clase social y gremio.

El formato

La escritura no es solo una manera de compartir una idea con nuestros coetáneos. Escribir ha sido la manera (y durante buena parte de nuestra historia la única) de crear discursos que alcanzaran una cierta distribución geográfica y pervivieran en el tiempo. Quienes escriben y publican tienen mayor capacidad para generar un discurso que se convierta en mayoritario (o por lo menos que sea oído) y que ese discurso perdure. La escritura es, en definitiva, un poderoso altavoz para extender discurso y pensamiento. Necesariamente, por lo tanto, los valores, opiniones y preferencias de aquellos que han dejado testimonio escrito tenían garantizados más recorrido y trascendencia que aquellas ideas que no dejaron rastro textual.  Los restos escritos siguen siendo hoy la forma primordial de acercarnos a la forma de pensamiento de otras épocas.

Sin embargo, no solo de palabra escrita ha vivido la humanidad. Más pedestre y más humilde, la tradición oral ha servido también como transmisor fundamental de ideas y conocimiento. A primera vista puede parecernos que el contenido que no alcanza la escritura tiene más probabilidades de que se lo lleve el viento. Pero son muchos los textos perdidos por el camino y que probablemente no recuperaremos porque accidentes, incendios y otras catástrofes destruyeron el ejemplar que debía haber llegado a la posteridad. La quema de la Biblioteca de Alejandría es un célebre y triste ejemplo de que el formato escrito no siempre fue garantía de transmisión y durabilidad, sobre todo en la época anterior a la imprenta, en la que hacer copias de un mismo texto era laborioso y caro. La transmisión oral, si bien más dispersa, más fluctuante y necesariamente menos homogénea, constituía (¿constituye?) una forma de transmisión desbordante, colectiva y eficaz que, alcanzado un umbral mínimo de difusión, se veía mucho menos afectada por desapariciones puntuales. La no existencia de una versión única y la contribución de los individuos de la comunidad al acervo transmitido son características propias de la oralidad del conocimiento que recuerdan de una manera no tan lejana al desarrollo actual del software libre o a las recetas de cocina (a pesar de nuestra irritante manía por buscar una forma canónica de preparar el gazpacho o la paella, como si fuese posible pensar que efectivamente existió una única forma de prepararlos).

La clase social

De acuerdo: la forma escrita ha sido un medio poderosísimo de acceso a la información y de transmisión de discursos y formas de pensamiento. Pero si no ha sido la única, ¿por qué entonces el prestigio cultural del texto escrito? Quizá no sea descabellado pensar que quienes han tenido tradicionalmente acceso a la escritura y a la publicación de textos ha sido una minoría social privilegiada. Y esa minoría con acceso a la publicación de textos estaría más que interesada, desde luego, en que el formato de su discurso fuera más prestigioso y exclusivo que la oralidad, que era un formato mucho más accesible y por ello (al tratarse de sociedades mayoritariamente analfabetas) quizá hasta socialmente más justo.  Así que la élite que puede escribir y publicar sus ideas contribuye a crear esa ilusión de que las opiniones y conocimientos que valen más son aquellos que están por escrito, frente al saber rudimentario y de segunda del pueblo llano que no tiene acceso a la publicación y cuyas ideas son anónimas.  Y así esa élite intelectual estampa su beneplácito en aquellas obras, géneros y formatos que están hechos a imagen y semejanza de las suyas. El conocimiento, la ciencia y la educación se construyen, pues, sobre la noción de que lo escrito es lo válido, el yace in escripto medieval que concedía la cualidad de verdadero a aquello que estuviera puesto por escrito.

Nos encontramos, pues, ante una situación en la que una élite tiene el monopolio del altavoz del discurso escrito, altavoz que usa para perpetuar la idea lo escrito es lo bueno, que lo suyo es lo bueno. Se trata en realidad de una lucha de poder cuyas consecuencias aún vivimos: que los intelectuales sean quienes tengan el muy cuestionable poder de determinar que es La Cultura y qué no mediante el sello que distingue alta y baja cultura  es la explicación a por qué audiolibros, los cómics o los videojuegos no forman parte del tesoro cultural que ha de ser venerado, aprendido y prestigiado. Cuando la élite intelectual dice que la lectura es la actividad intelectual por excelencia lo que está haciendo no es ni más ni menos que validarse a sí misma, como cuando esas mismas élites desprecian internet a pesar de ser también texto escrito defendiendo que el contenido verdaderamente valioso está en los libros (porque en Wikipedia escribe cualquiera). Lo que tiene valor es aquello que yo produzco, yo controlo y que me valida en mi posición de élite. Y es que el prestigio emana de la autoridad de quien realiza la actividad, no de la actividad misma. El flamenco era popular y cultura de segunda cuando quienes lo disfrutaban eran los gitanos, pero ascendió a los altares de la intelectualidad cuando quien pasó a admirarlo eran payos de clase alta sentados en la platea de un teatro, de la misma manera que cuando quien cocina es un ama de casa se trata de una actividad doméstica y prosaica (que ni siquiera es reconocida como trabajo que merezca remuneración y derechos) pero si quien lo hace es un hombre se percibe prácticamente como un arte digno de reconocimiento cultural (no digamos ya económico). Creemos que leer es mejor porque es el formato sobre el que la élite ha tenido tradicionalmente el control y ha impuesto un discurso que justifica su posición como élite y que considera superior el formato sobre el que históricamente han tenido el control.

El gremio

El colectivo de personas que escriben y publican es un reducido conjunto de personas que recogen fundamentalmente la sensibilidad, el conocimiento, los intereses y las prioridades de una pequeña porción de la población que, aparte del acceso a los medios para publicar, lo que tienen en común es que se dedican a escribir. Así que, básicamente, cuando nos asomamos al estudio de la literatura necesariamente tenemos una sobrerrepresentación histórica de la forma de ver el mundo y los valores de quienes escribían en ese momento. Y, entre otras ideas, es muy probable que para muchos de quienes escriben, la lectura resulte una actividad importante, placentera o directamente fundamental, puesto que lo es para ellos: es su forma de pensar, de hacer cultura, de aprender, de conocer, de estar en el mundo, de entender la vida. Y esta idea se ha transmitido a través ni más ni menos del altavoz más potente y más prestigiado del que disponemos: la escritura. Si quienes dejasen testimonio y creasen discurso hubieran sido tradicionalmente, qué sé yo, los panaderos, probablemente nos encontraríamos con el discurso de que hacer pan es la actividad humana suprema. Si la historia del mundo nos la hubiesen contado los soldados quizá encontraríamos como denominador común la exaltación de la guerra como actividad suprema (o, quién sabe, quizá un canto antibelicista convencido). Pero el testimonio escrito (que es el durable y prestigiado) no lo dejan ni los guerreros ni los panaderos. El testimonio escrito lo dejan los escritores. Los escritores consideran la actividad suprema lo que ellos hacen, y por lo tanto, perpetúan esa idea con la ventaja de que lo hacen en el formato que mejor sobrevive en el tiempo y con mayor prestigio. Tengo mis dudas de si compartirían opinión otros creadores de la historia cuya forma de expresión artística primordial no fuese la escrita. Beethoven, Claudel, Monet, Nina Simone… ¿para ellos también era leer la actividad intelectual suprema? ¿O quizá lo era componer, esculpir, pintar, tocar, pero esos formatos no permiten una creación de discurso de una manera tan fácil y contagiosa como la escritura? ¿Lo sería también para una prostituta del XVII? ¿Y para un ama de casa del XIX? ¿O será que las preferencias y escala de valores de la prostituta o del ama de casa no tenían posibilidad material (ni status social) para generar un discurso que se transmita hasta hoy con prestigio?

¿Conclusiones?

Así que nos encontramos con que el formato que ha quedado fijado por la élite como prestigioso y sobre el que se construye la noción de cultura y se restringe qué conocimientos son válidos y prestigiados es el escrito (frente al oral) ya que esa élite es la que controlaba los medios de producción de textos, y por lo tanto, el resultado es que la voz de los escritores (que necesariamente colocan la lectura en lo más alto de las actividades humanas) es una voz sobrerrepresentada  en la historia que cuenta el mundo. Me satisfizo mucho mi conclusión posmoderna y crítica de 2014 y, de paso, me deshice del sentimiento de culpa por no leer.

Pero en 2015 hubo un giro inesperado de la trama: volví a leer. No ocurrió solo. Sin buscarlo me rodeé de gente que disfrutaba enormemente de la lectura y los libros eran un tema de conversación recurrente. No era cuestión de canon ni de elitismo. No era gente que se creyera mejor por leer. Era gente que, simplemente, parecía tremendamente feliz leyendo. Escucharles hablar de lo mucho que disfrutaban leyendo era como escuchar a alguien contando el placer de comerse un helado. Yo quiero probar ese helado. Yo también quiero experimentar ese placer. Reconocía ese entusiasmo con el que ellos hablaban como algo que también había sentido en algún momento pero que había extraviado por el camino. Me hacían sentir que me estaba perdiendo algo. Así que decidí volver a comer helado en busca del placer perdido.

Twitter resultó ser una fuente de sugerencias fabulosa. En vez de lanzarme a leer Lo Que Debe Ser Leído o engacharme al último éxito de masas editorial, simplemente probé a leer algunos de los títulos que veía mencionar a tuiteras con las que compartía inquietudes y sensibilidad. Unas cuantas recomendaciones y hallazgos fortuitos después, me di cuenta de que en apenas unas semanas había leído más y con más gusto que los años anteriores. Fue emocionante volver a tener ganas de leer, de retomar el capítulo interrumpido porque el metro llegó demasiado pronto a mi destino, de acumular títulos pendientes que me apetecían o de machacar a mi entorno con que no podían dejar pasar tal o cual texto.

En este proceso de ir recuperando una mínima costumbre lectora (en el que aún me encuentro), he estado observándome con detenimiento, intentando atisbar si hay algo que, efectivamente, haga a la lectura mejor (o diferente al menos) que otras actividades. Mi conclusión (aún no definitiva) tras este viaje de ida y vuelta es que leer es una fuente formativa y una experiencia estética tan enriquecedora como lo puede ser ver un documental, escuchar una canción o bailar. No creo que el grado de abstracción y razonamiento que la lectura entrena sea mayor o mejor de ninguna manera que el de tocar el piano o programar. Pero hay algunos aspectos en los que creo que la lectura es particularmente interesante como experiencia. Lo que sigue, pues, no es por qué leer es mejor que cualquier otra actividad (que no creo que lo sea), sino de en qué aspectos lo percibo (yo, ahora) como diferente.

Vamos primero con una perogrullada: el acto de leer (o de escuchar mientras alguien nos lee, no sé por qué habría de ser distinto, aunque reconozco que me resulta más fácil perder el hilo cuando me leen) conlleva una reconstrucción mental de lo que está ocurriendo que el cine, las series o el teatro no tienen. En lo audiovisual, no tiene cabida que yo recree nada en mi cabeza: la acción visual ocurre fuera y el espectador la recibe. En ese sentido, leer un libro (y hablo aquí de género narrativo) conlleva la participación del lector en el acto de poner en pie la historia: el lector es una especie de realizador o de director de escena que representa en un extraño lugar de su mente lo que el texto cuenta, reutilizando o inspirándose (al menos ese es mi caso) en atrezzo, localizaciones, actores y escenas previamente vividas, imaginadas, soñadas o recreadas. Por lo tanto, cada lector (y casi diría que en cada lectura incluso hecha por un mismo lector en distintos momentos) pone en pie su propia representación de lo que el texto cuenta. A quien lee no solo le están contando una historia: también está participando de una manera intangible pero muy vívida y personal en la interpretación y en la puesta en escena del texto. Es, en definitiva, el extraño y casi mágico poder del lenguaje: el cómo unos trazos en un papel o una onda sonora formada a partir de la vibración de las cuerdas vocales desencadena una representación sensorial, emocional y mental en otro humano. Soy lingüista y a pesar de lo obvio y rutinario de este mecanismo me sigue explotando la cabeza cada vez que lo pienso con detenimiento.

Y es que de alguna manera (y aquí viene la parte un poco menos perogrullada) en el proceso de leer, hasta cierto punto (o así lo vivo yo), estamos prestándole nuestra subjetividad a otro. No digo que esto no ocurra también en una película o en otras formas de ficción. Pero sospecho (o al menos esa es mi experiencia), que esta trasferencia es particularmente íntima en el caso de la lectura. No es solo que nos expongamos a una serie de estímulos estéticos o nos zambullamos en una trama que nos haga reflexionar o nos lleve a la evasión, como ocurre también en el cine: es como si mientras leyésemos, nuestro tren de pensamiento estuviera conducido por otro maquinista al que le hemos cedido temporalmente el mando. Estamos en nuestra cabeza, claro, pero el que conduce es otro. Esta experiencia no es ni mejor ni peor que las muchas otras que otras actividades nos pueden brindar. Pero dejar mi tren de pensamiento en manos de otro es algo que, en mi redescubrimiento de la lectura, estoy experimentando como un acto profundamente íntimo que no sé con qué comparar. No se trata solo de leer para obtener información ni con la prepotencia de comprobar si lo que dice quien escribe es cierto o no a la luz de nuestra experiencia o cuadra con nuestro sistema de creencias (como reconozco que hago con los columnistas que me caen mal – hola, señor Marías). Leer así sería como viajar a las antípodas con el fin de que las formas de vida en otros lugares corroboren nuestras maneras de vivir y experimentar el mundo: se trata más bien de que alguien nos preste su subjetividad (a través del andamiaje de narrador, personajes… en el caso de la ficción) y caminemos en sus zapatos dando un paseo por donde quien escribe desee llevarnos. No es solo que me cuenten una historia, que me meta mucho en la trama o que empatice con un personaje determinado: es que durante un tiempo, el mundo me lo cuenta y me lo enseña otro. Recibir una cierta información a través de la vía escrita no conlleva necesariamente ni mucho tiempo ni mucha dedicación: leer a vista de pájaro puede valernos para enterarnos de una noticia. Pero para calzarse los zapatos de otro hace falta un tiempo y una dedicación que puede requerir cierta práctica y que yo noté que había perdido al intentar volver a leer (y que sigo notando). No parece factible sumergirse en el mundo de otro leyendo  solo en diagonal, como no se puede tener una conversación matizada y profunda con alguien si a la vez vemos la tele.

Sigo pensando que la lectura no es necesariamente una actividad mejor que otra, y creo que la demonización o el olvido al que hemos relegado otras actividades de ocio y formas de ficción (series, videojuegos, cantar) tiene más que ver con cuestiones de poder y autoridad que con que verdaderamente sean actividades menos placenteras o provechosas. Pero sí sospecho que esta capacidad de préstamo de la consciencia es algo bastante exclusivo del acto de leer (o de escuchar mientras nos leen). Si tuviese que pensar en otras actividades comparables a esa vivencia íntima de hacerse uno un poco a un lado para apagar (o amortiguar al menos) el yo que siempre está experimentando el mundo y que mira a través de los agujeritos de la cara (necesariamente desde sus sesgos, sus limitaciones y su historia personal) para pemitir que sea otro el que nos preste su manera de sentir la realidad, creo que lo compararía con establecer una relación de intimidad profunda con alguien, con mantener una conversación honesta, personal y enriquecedora, con consumir alguna sustancia psicotrópica o con emprender un viaje largo. Actividades que (para mí, y no necesariamente para todos los demás) amplían los límites de mi percepción y mi vivencia de qué es el mundo. Pero no hay campañas que fomenten enamorarse, charlar con empatía, drogarse o viajar con calma. No hay campañas que fomenten prestarle nuestra subjetividad a otros.

17 comentarios sobre “¿Por qué leer? o Sobre el prestigio intelectual de la lectura

  1. Reconozco que nunca había pensado lo de la subjetividad prestada al otro; sí lo de que al leer tú pones las voces, las caras… llenas todos los huecos que el escritor no determina. Por eso cuesta más y por eso es más personal. Pero me has dado ganas de leer ^^
    En cuanto a por qué hay campañas para que leamos y no para cosas más importantes o provechosas yo no me complico y me voy a la explicación más sencilla: presión pura y dura por parte de la industria editorial.

  2. En los libros está la memoria de la raza, en los treinta o cuarenta millones de volúmenes de las grandes bibliotecas que quizas algun día se trasladaran a formato digital.
    Pero por ahora los conocimientos sobre ciencia, tecnología, letras, artes y oficios, estan en los textos universitarios y estarán por mucho tiempo todavía.
    El prestigio de los libros tiene fundamento.

  3. ¡Bravo!

    Leer también es genial, como me acaba de pasar, cuando la que escribe no es exactamente la maquinista de tu pensamiento, sino que es la copiloto que te guía por caminos sobre los que alguna vez habías reflexionado vagamente.

  4. La lectura de libros bien escritos enriquece nuestro lenguaje y nuestra capacidad de expresión, y estos dan mayor amplitud a nuestro pensamiento. Una cita de Wittgenstein al respecto: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente».

    Un aspecto positivo de la literatura, para mí, es que amplía mi universo emocional. Yo puedo hablar de emociones, de mis emociones, con una serie de personas (o no, pues no todo el mundo lo hace), pero haber leído mucho me aporta el bagaje de haber vivido, a través de personajes de ficción, sentimientos reales del ser humano. Eso me da muchísimas herramientas para gestionar lo que ocurre en mi propia vida emocional y afectiva.

    Por otro lado, y en referencia algo que comenta la autora del blog, Stephen King dice en su libro _Mientras escribo_ que «el escritor, distante en el tiempo y el espacio, facilita una experiencia que es disfrutada (o padecida) por el remoto lector en otro lugar, e incluso, en otra época. Y pese a esa lejanía espacial y temporal, se establece entre escribidor y leyente una intimidad tan potente como vivencial». (La cita, como no tengo a mano el libro de King, la he tomado de este blog: https://solo50.wordpress.com/2015/02/16/por-que-stephen-king-dice-que-escribir-es-telepatia/).

    Yo también soy profesional de la edición y la corrección y me tiré unos cuantos años sin leer por placer, pero hace tiempo que volví a sumergirme en los libros con gran ímpetu y gozo.

  5. Me he sentido totalmente reflejada en tu vivencia y reflexión. Yo también leí de forma voraz y descontrolada desde muy pequeña y especialmente en la adolescencia. Después, durante los estudios universitarios fui leyendo menos. Casi a la vez, empecé a trabajar como traductora y revisora y desde entonces me paso el día leyendo pero por trabajo o con alguna finalidad, no por el gusto de hacerlo, salvo en contadas ocasiones. Voy a hacer una comparación tal vez demasiado fácil: a veces comparo mi pereza para leer por placer con las prostitutas que no tienen ganas de hacer el amor porque mantienen relaciones sexuales por obligación y sin placer.
    Imagino que es cuestión de encontrar la literatura que me haga sentir mariposas en el estómago mental 🙂 y cada vez cuesta más, aunque estoy en ello.
    P.D. Por supuesto, es políticamente incorrecto dedicarse a un oficio relacionado con el lenguaje y decir que no lees doce novelas, tres ensayos, y cinco poemarios al mes como otros. Te dejo otra reflexión ¿hay postureo lector? Es decir enseño las fotos de los libros en las redes, pero no los leo. Me recuerda a los libros que decoraban estanterías en los ochenta en muchos salones para demostrar que se leía.

  6. Pues yo me quedo con la parte de la tradición oral, que estamos perdiendo rapidísimo. Ya no se transmiten géneros oralmente, de padres a hijos, en una época en que todo podemos grabarlo. Los jóvenes de hoy no cuentan chistes (género oral por excelencia) como lo hacíamos antes de Internet; pocos aprenden canciones porque las hayan oído en su casa y buena parte del saber transmitido oralmente se está perdiendo porque esa transmisión ha dejado de ser parte de nuestra cultura debido a la preeminencia de lo audiovisual.
    Respecto a la lectura, no requiere de una destreza tan explícita como saber de música o pintura, por eso se presupone más accesible, aun cuando mucha gente considere que saber leer es “saber juntar letras”, como coloquialmente se decía. Y ni mucho menos. Constituye un procedimiento mucho más activo que la decodificación que precisa un documento audiovisual, de ahí toda esa preciosa parte de subjetividad que comentas.
    Y respecto al elitismo, la lectura es una buena manera de dividir al mundo en dos, como tantas otras

  7. Cómo mola este post. Se me han ocurrido millones de cosas que conectar mientras lo leía y ni sé de cuántas me acordaré aquí abajo en la caja de comentarios.
    Lo primero es que todos los “lectores” hemos tenido épocas de devorar y épocas de ayunar, y muchos nos hemos sentido mal por ese ayuno. Todos tendríamos que leer tu post para entender que nuestros pecados no son tan graves.
    También quería hablarte de un libro: Homo Videns, de Giovanni Sartori, que a finales de los 90 hablaba de cómo el audiovisual es, más o menos, el fin del pensamiento abstracto. El libro está escrito a finales de los 90 y tiene cosas muy superadas (dice que quién va a descargarse libros de Internet, si entre que los descargas, que tarda mucho, y luego los imprimes… Pues no te compensa), pero otras muy interesantes. Para él, el acto de leer requiere mucho más esfuerzo intelectual (más pensamiento abstracto) que ver la tele o navegar por Internet. Si aún tienes ganas de este tema, hojéalo.
    Y por último: qué revelador es esto de que la Historia la escriben los escritores. A veces estas cosas tan obvias se nos escapan. Ya sabíamos que la Historia ja escribían los ganadores, pero no nos imaginábamos qué efecto tenía que la escribieran los que sabían escribir.
    Ah, y que me siento muy orgulloso de haber sido parte de ese entorno en 2015 al que diste la chapa con Despentes. Pocos libros me han hecho vivir tanto la vida de oro últimamente. Y aún tengo pendiente los de Terramar que has linkado y que tengo muchas ganas de leer desde que vi ese vídeo.

  8. Únicamente a través de las obras de la literatura podemos tomar distancia con respecto a nosotros mismos. Porque hay algo que solo la novela o la poesía pueden ofrecer en las historias que, ahora, llegan masivamente a través del cine y la televisión, la visión interna de un personaje, pues exclusivamente ella nos permite experimentar cómo puede sentirse la víctima de una jauría humana.

    de una ponencia propia.

    Si no se conoce a Don Quijote, resulta más fácil enredarse en luchas contra molinos de viento; si no se ha leído Las brujas de Salem de Arthur Miller es más probable llegar a formar parte de una jauría inconsciente que va a la caza de una presa.

    de Dietrich Schwantz (2005)

  9. Querida: Por fin te contesto!! Perdona, soy un impresentable 🙁
    Estoy muy de acuerdo con el criterio del formato y solo 3/4 de acuerdo con el criterio del gremio y la clase social. Creo que ambos criterios se basan en realidad en un criterio sociológico. Me ha sorprendido que en el gremio hables tanto de los escritores y tan poco de editoriales (teniendo en cuenta además tu experiencia de primera mano). Pero vamos, no digo que ambos no sean bastante verdad. La razón por la que hice la pregunta fue que en los últimos meses me he preguntado si se puede hacer algo útil para la humanidad desde los estudios de texto y literatura, y si sí, qué. Y una de las pocas respuestas útiles a eso es precisamente que leer (canon y no canon) permite abrir puertas socio-culturales, por lo que resultaría socialmente útil facilitar el acceso a textos o incluso calcular qué textos son más rentables leer en términos socio-culturales (uff, tengo que venderlo de otra manera).
    Es cierto que lo escrito es más elitista que lo oral. Pero los textos son mucho menos elitistas que cualquier otro arte, sobre todo antes de la digitalización. Hasta nosotros vivimos el cambio: pasar horas frente a la radio para escuchar una canción y grabarla en cinta. Con los textos eso no pasaba: ibas a la biblioteca. 1000 pelas de música representaba 60 minutos; 500 pelas de libro representaba más de 600 minutos. De hecho uno de los criterios que varias personas repitieron en mi pregunta en Facebook es que los textos son una manera de democratización de conocimiento técnico y artístico.
    Creo que lo que señalas en tu larga conclusión (que es mucho más que una conclusión) sobre compartir una subjetividad puede estar relacionado, intentando formalizarlo un poco más, con esa doble función del lenguaje de ser una herramienta básica tanto de la comunicación como del pensamiento (no vamos a meternos en qué función es más importante, no? vamos a dejarlo en que ambas son importantes…). Te parece que podríamos expresarlo así? Me alegraría mucho saber que nos ponemos de acuerdo en eso 🙂 Algunas de las respuestas apuntaban que la escritura es un arte básico del que otros (música cantada, cine, teatro…) se nutre.
    De cualquier manera una de las conclusiones que me llevo de la pregunta es que efectivamente los textos y leer está algo sobrevalorado socialmente, principalmente la literatura canónica. Tengo argumentos más o menos buenos para defender la importancia de leer, pero no tanto la importancia de leer el canon literario.
    El mejor argumento para defender el canon tiene que ver con lo histórico: la escritura permite que se fijen ideas para el futuro, por lo que la cantidad de textos a los que se tiene acceso se va acumulando. El canon literario filtra aquellas obras que merecen ser leídas en el futuro, lo que da acceso a conocimientos históricos y permite una coherencia cultural. Ejemplo: el texto del siglo XVI qué más españoles vivos han leído es el Lazarillo. Y cuando leo obras del siglo XVII, XVIII o XIX, veo que ellos también lo habían leído, lo que me permite entender ciertas referencias. De hecho el Lazarillo es probablemente para muchas personas vivas el único texto del siglo XVI en español que han leído.
    Vamos, que la escritura es la forma de mantener ideas en el tiempo y el canon literario (la Literatura) es la selección de textos que se mantiene en el tiempo. Me lo compras?
    Me he acordado hace unos días de lo me decías a veces: “ayúdame a pensar”, cosa que yo no acababa de entender. Me estoy leyendo La Regenta (porque el Canon!) y dice que “pensar a solas es pensar a medias”. Gracias por ayudarme a completar mis pensamientos 🙂 Abrazos

  10. Buenas tardes,

    He leído este texto un par de veces y me ha parecido que, por fin, he podido pensar en las objeciones que tiene. Para empezar, me gustaría agradecer que el texto en sí mismo plantee cuestiones a la lectura como la clase social, la experiencia íntima y algo relacionado, aunque no necesariamente explicitado en estos términos, con la experiencia comunitaria.

    Para empezar, el texto se construye en amparo de una investigación donde si hay una tesis implícita. La tesis es que la lectura debe ser útil. Porque el conocimiento debe ser útil. Solamente bajo esta tesis el texto puede desplegar la comparación – extravagante – de que la lectura es menos provechosa que ver series, etcétera.

    El segundo plano del texto es psicológico. Si la experiencia que se busca es psicológica – entonces, empírica – puede entonces hablarse de como nos hace “sentir” la lectura. Bien. Respecto a la clase social se lee una acusación – una de tantas – un tanto romántica. Ahora explicaré por qué he usado esta palabra:

    “Quizá no sea descabellado pensar que quienes han tenido tradicionalmente acceso a la escritura y a la publicación de textos ha sido una minoría social privilegiada. Y esa minoría con acceso a la publicación de textos estaría más que interesada, desde luego, en que el formato de su discurso fuera más prestigioso y exclusivo que la oralidad, que era un formato mucho más accesible y por ello (al tratarse de sociedades mayoritariamente analfabetas) quizá hasta socialmente más justo. Así que la élite que puede escribir y publicar sus ideas contribuye a crear esa ilusión de que las opiniones y conocimientos que valen más son aquellos que están por escrito, frente al saber rudimentario y de segunda del pueblo llano que no tiene acceso a la publicación y cuyas ideas son anónimas.”

    Parece evidente que no existe tal cosa como un pueblo llano en un sistema social complejo como el propuesto en las sociedades del estado del bienestar del sur de Europa. Parece evidente, entonces, que el discurso polarizador – que distingue entre una élite y un pueblo llano – es romántico porque reconstruye una afección o una distinción en un conflicto sencillo.

    Y por otra parte, hemos de notar una cierta preocupación en lo que deriva el romanticismo del texto. Sigamos:

    “Nos encontramos, pues, ante una situación en la que una élite tiene el monopolio del altavoz del discurso escrito, altavoz que usa para perpetuar la idea lo escrito es lo bueno, que lo suyo es lo bueno. Se trata en realidad de una lucha de poder cuyas consecuencias aún vivimos: que los intelectuales sean quienes tengan el muy cuestionable poder de determinar que es La Cultura™ y qué no mediante el sello que distingue alta y baja cultura es la explicación a por qué audiolibros, los cómics o los videojuegos no forman parte del tesoro cultural que ha de ser venerado, aprendido y prestigiado”

    En este aspecto, me llama la atención que se lleve una injusticia aparente sin considerar otras nociones. Partiendo de la base de que la raíz medieval del texto es ampliamente falsa – por cuanto a que asume que la tradición europea se basa en la discusión de formas de discurso (como las llamaría Foucault) o estrategias filosóficas – podemos ahora ir a la aparente injusticia.

    Parece evidente, pues, que lo que aquí no se concede ni distingue (procedemos de manera negativa) son tres cosas:

    (1) Las dificultades epistemológicas que tiene cualquier persona – incluso Bertrand Russell – para decir que sabe. Dificultades que pueden permitir que algunos filósofos afirmen confiar en la sabiduría; siendo sabiduría una palabra cuyo significaod tiene connotaciones.

    (2) Las dificultades que tiene el propio texto entendiendo la actividad intelectual que implica la lectura mediante otras actividades y mediante una férrea concepción utilitarista. La lectura no se basa en hacer mejores – pues habiendo libertad, circunstancias y otros factores eso dependerá de un sujeto en medio de esa maraña – si no en esfuerzos de entendimientos. Compararlo con sentarse a jugar a un videojuego o a mirar una serie no parece una estrategia relevante para iluminar la lectura.

    (3) Las dificultades que el propio texto tiene al aceptar la paradoja de que deben las únicas instancias que se esfuerzan por entender (las de la academia, con todas sus paradojas y contradicciones) ponerse al servicio de lac ultura del entretenimiento, al parecer desprestigiada, contrariamente a lo que millones de personas, obedientes respecto a reproducir el gusto de un monopolio verdadero, económico, tangible y real (El de los grandes grupos y conglomerados de entretenimiento) sobre lo existente. Tal monopolio no existe en el texto, ni parece ser inquietante, más que como relación de una injusticia.

    Con esto no pretende el autor de este comentario, gran admirador de los mazacotes veraniegos de superhéroes, dictar ninguna sentencia contundente en “contra del entretenimiento” o algo así. Pretende, por el contrario, señalar lo facilón que resulta ignorar que cualquier cultura que requiera meditación está condenada a ser residual, minoritaria u alternativa, sin que sean estos tres términos ni excluyentes entre sí ni necesariamente lo mismo.

    Como esa cultura se mezcla o interpreta depende de otras circunstancias más amplias. También me parece inquietante que en la investigación llevada a cabo en el texto, no se citen las condiciones de posibilidad de la lectura, es decir, como la lectura requiere de un aprendizaje y un tiempo disponible dos cosas que más allá de abtrusas distinciones de pueblos o no, no abundan en la mayoría de personas de este rincón.

    Un saludo.

  11. ¡Y no debemos menospreciar los cómics y las novelas gráficas!

    Saludos a todos: me ha gustado todo lo que han escrito, y tan solo quiero decirles que no debemos menospreciar las historietas clásicas, contemporáneas y/o novelas gráficas… brevemente les explico: cuando fui adolescente no se podía gastar en cómics, pues la situación económica familiar era muy difícil. Y tuve que enterrar ese deseo.

    Ahora, soy una persona adulta que puede darse el gusto de comprar un par de novelas gráficas al mes; lo hago con un poco de culpa, porque mi círculo social considera que es “literatura inferior”. Pero a pesar de ese detalle, quiero decirles que estoy feliz por hacerlo -y sé que sobran los escrúpulos de los demás-. Las historias antiguas se están imprimiendo en pasta dura y papel de calidad, ediciones y compilaciones de lujo, e incluso con mejorado en tinta y color. Las novelas gráficas tienen ya gran apoyo en internet, ¡hoy en día es fácil seguir/conseguir publicaciones semanales y mensuales!

    Espero que las personas que me lean, le den una sincera oportunidad a los cómics. No menosprecien la lectura de historietas, porque también es un grandioso arte.

  12. ¡Hola! Me ha gustado mucho leer este texto. Tus conclusiones me han hecho pensar en este ensayo, “Leer la mente”, de Jorge Volpi, donde entre otras cosas relaciona la lectura de ficción con la empatía y la forma en que creamos realidad y recuerdos en nuestra mente, ¿es tan distinto recordar de inventar, haber leído de haber vivido?
    Tus conclusiones, que comparto porque cuadran con mi experiencia, tienen que ver sobre todo en lo que se refiere a leer ficción, pero ¿no puede ser que la lectura también goce de prestigio porque es un medio inigualable para la transmisión de conocimiento? Estoy pensando en que no es lo mismo ver un documental que leer un ensayo, al menos la experiencia interior que tengo yo entre una cosa y la otra no es la misma, no sé si es particular, pero cuando leo siento que tengo más tiempo y tendencia a articular reflexiones en torno de la información que cuando visualizo algo; sin perder de vista que la información audiovisual tiene ventajas que a menudo la lectura no tiene, como la capacidad de ser más amena y de “enganchar”. Igualmente, también pienso que un documental, antes de ser creado, es guionizado mediante la palabra. Así que por un lado habría que analizar el tema de la lectura en cuanto que “consumidores” y, por otro, en cuanto que creadores. En cualquier caso, no me imagino un mundo en que la transmisión de la cultura pudiera ser eficaz sin el uso de la palabra escrita, el tema es que se ha extendido ese privilegio al simple hobby de leer.
    Gracias por animar a la reflexión. ¡Un saludo!

  13. He de decir, por establecer la comparación que no encuentras, que tocar música (una composición, no improvisar) es precisamente eso: prestar tu conocimiento y tu técnica a otro, que es el que conduce. La verdad es que nunca lo había pensado, pero mientras lo leía me he visto a mí mismo ahí sentado delante del atril.

    Por supuesto, hay diferencias. Para empezar, está la parte técnica, que es una barrera de entrada —a veces, infranqueable—. Al tocar, realmente eres tú el piloto —por seguir con la metáfora—, y el autor es el copiloto que marca los tiempos y la ruta; tú eres el encargado de no salirte en las curvas. Por otro lado, el contenido musical es mucho más abstracto, y me atrevería a decir que, por tanto, menos variado, menos enriquecedor. Como contrapartida, la lectura es una actividad eminentemente solitaria, mientras que la música, todo lo contrario. Y la experiencia de formar parte de un conjunto de personas que presta colectivamente su habilidad para manejar una parte de una gran maquinaria para que otro conduzca (y me refiero al compositor, por supuesto; el director, más que dirigir, acompaña) es la actividad (cultural) más placentera que conozco.

  14. Escribo y me considero un novato que está interesado en vender sus obras, razón que me llevo a leer su artículo.
    No dejo de se desconcertante en un inicio, pero finalmente sus comentarios de como quienes nos leen se sumergen en la realidad de quien escribe, me parece fantástica. Esto no había cruzado por mi mente y sin duda me motiva a continuar este oficio de escritor.

  15. He visto, en mucho, reflejada mi experiencia como lector y promotor de lectura, pero no lo hubiese explicado mejor que el artículo que me trajo (y atrajo a este espacio. Agradezco a quien lo escribió. Me ha dado luz para entender y entenderme el por qué de mis afanes y terquedades por leer e incitar/invitar a que otras personas ajenas o lejanas a la lectura de textos impresos en papel encuadernado lo hagan.
    Sobre las historietas o cómics (en mi infancia mexicana les llamábamos ‘cuentos’), he de decir que gracias a ellas me fui acercando, poco a poco, a leer textos sin “monitos” (libros) que me llevaron y orientaron a encontrar mi vocación profesional como educador. Por lo cual concluyó que la lectura (y mis inicios como lector fueron las historietas) fue mi mejor orientador vocacional.

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