El espectro continuo

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A veces siento que la bisexualidad se percibe como si las personas bisexuales estuviesen formadas por un trozo heterosexual y un trozo homosexual, una especie de simbiosis andante entre hetero y homo en proporciones variables según la persona. Esta percepción está tan generalizada que es la que explica la bifobia de algunos (muy pocos) integrantes del colectivo LGTBI+. “¡Cuidado! ¡Esta persona contiene trazas de heterosexualidad! ¡Es una impostora!” [Masa queer enfurecida con palos y antorchas].

Otra representación en la misma línea es la de la bisexualidad como una fase intermedia, un estado pluripotencial pendiente de concretarse hacia lo hetero o bien tirar por la “homo side of the road”, una especie de estado cuántico entre relaciones, la bisexual de Schrödinger , que es hetero y lesbiana a la vez hasta que se decante por una acera en su próxima relación.

Yo no soy fundamentalmente hetero y a ratitos un poco lesbiana. Ni heteroflexible. Ni heterocuriosa. Mi identidad no se construye con los retales de otras identidades y me siento profundamente incómoda siendo asumida como hetero. Llevo casi una década enlazando parejas masculinas de larga duración, así que entiendo esa interpretación: doy muy bien el pego como hetero. Pero no lo soy. Esa etiqueta no es la que me define, ese traje no me cabe, ni recoge lo que yo soy ni cómo siento el mundo. Desde adolescente siempre he sentido que yo era otra cosa. Si tradicionalmente no me he etiquetado abiertamente como bisexual, ha sido, no por bifobia ni autorrechazo (al menos, no consciente), sino por sentir que, de alguna manera, no tenía legitimidad para hacerlo, que los bisexuales “de verdad” eran los otros, que no me daba la nota para entrar en el club. Quizá tampoco ayudase la imagen estereotipada de los bisexuales como personas hipersexuales a las que les gusta todo el mundo indiscriminadamente. A mí, no es solo que no me guste todo el mundo, es que no me gusta casi nadie. Y lo que me gusta de quienes me gustan, sospecho que tiene poco que ver con el género (aunque qué es lo que hace que alguien me guste sigue siendo para mí misma un misterio, pero eso mejor lo dejamos para otro día). Me parecía entonces que la bisexualidad era incompatible con mi pereza crónica por el género humano.

Por eso quizá todavía siento una no tan incomprensible dificultad en decantarme por una etiqueta: porque me siento en un extraño e indefinido (y, para mí, absolutamente gratificante y enriquecedor) punto intermedio dentro del arcoíris que no me resulta fácil ubicar, aunque empiezo a sospechar que la dificultad para definirse es casi el denominador común a los bisexuales. Quizá por eso me parece importante reivindicar la B de LGTB: intento ser la bisibilidad que quiero ver en el mundo y que el traje de bisexual sea lo suficientemente flexible y amplio como para que le quepa a quien así se sienta, sin estar acomplejada por no saber si se es “lo suficientemente bisexual”, como si hubiera que hacer una gymkana o aprobar una oposición porque si no una no está formalmente habilitada para ejercer su bisexualidad.

Frente al pensamiento dicotómico, blanco/negro, ciencias/letras, concebollistas/sincebollistas, algunas nos sentimos más cómodas en los espectros continuos que en los compartimentos discretos.

Feliz día del orgullo.

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